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En el umbral de la supervisión, la memoria

Teresa Palazzo Nazar

Con la memoria se marca el tempo en la carne

La primera cuestión que se plantea al hablar de supervisión adviene de la praxis y, sobre todo, de la constatación de que algunos analistas empiezan a tratar a sus pacientes muy tempranamente, justo después del término de la universidad. Nos toca entonces preguntarnos por qué la supervisión se hace necesaria.

Si pensamos en las formaciones del inconsciente, si consideramos que aquel que busca una supervisión sigue aún dándole vueltas a su fantasma,  con los efectos de su síntoma en la vida; observamos la razón de sus incertidumbres, de sus hesitaciones en la clínica, y quizás eso pueda justificar plenamente que ese joven practicante del psicoanálisis busque a otro analista al suponer que éste le podrá “enseñar” a conducir un análisis.

Pues bien, un psicoanalista no tiene nada qué enseñarle a otro, excepto el hecho de que le es necesario, por si solo, reinventar el psicoanálisis. Puede parecer enigmático, o hasta tautológico, pero cada psicoanálisis es una experiencia de donde emergen cuestiones singulares que instruyen el sujeto sobre el modo como su escrita se va puliendo; primero, en relación a su propio síntoma y, después, en relación a éste y al síntoma de su analizando.

Es decir, la reinvención del psicoanálisis a partir de la práctica acarrea una “experiencia de discurso”, como nos dice Lacan, cuando la escucha del analista no se puede balizar sino por lo que se dice y por aquello que lo dicho moviliza, como momentos de silencio y/o claudicación del habla.

Sin técnica alguna que oriente a la escucha, ¿qué se debe de privilegiar del torbellino de significantes ofrecidos? ¿Cómo recortar de las demandas presentadas los elementos que franqueen una posible enunciación de deseo?

Esas cuestiones se plantean en los análisis y se duplican en las supervisiones, sencillamente porque el aprendizaje es únicamente posible a partir de la propia experiencia de uno, ya que el objeto en cuestión no es psicoanalista en supervisión, y no lo es su analizando, ni tampoco una técnica de la cual pueda lanzar mano el psicoanalista supervisor para “orientar” al joven practicante que lo busca. El objeto de la supervisión es el propio psicoanálisis y, por lo tanto, escenifica el deseo del analista. Pero, como se sabe, ese deseo resulta de un análisis llevado hasta un fin posible. Entonces, ¿cómo puede funcionar antes de llegar al termo  en el qué el psicoanalizando pasaría a psicoanalista?

Ese reto replantea el problema de los análisis del supervisor y el análisis de aquel que fue a buscarlo con la idealización de “aprender a interpretar”. Porque el deseo del analista no se propone a otra cosa que no sea hacer la letra-carta llegar a su destinatario. Para ello, recurrirá un camino a lo largo del cual ocurrirán algunos vuelcos, hasta que se recorten y se restituyan al sujeto los significantes con sus significaciones – , enigmáticas, hasta ese momento.

Si el analista supervisor tiene alguna función digna de considerarse participante de la experiencia de su supervisando, esta ocurre cuando el analista sabe callarse, franqueando al trabajo del inconsciente la tarea de dar la respuesta a “?cómo?, ¿qué?, ¿a quién escuchar?”.

Por ello, se espera que el supervisor haya terminado su análisis o, por lo menos, que esté cerca de concluirla, para que los retos planteados tengan solamente efectos de sentido, provocaciones en el après-coup de la supervisión, que lleve al  supervisando a dudar de sus certezas e a buscar las respuestas en la escucha de su propio análisis.

Dicho esto, me toca ahora introducir el argumento que me ha llevado a pensar la supervisión como el lugar del adviento de una memoria; el lugar y el momento de despertarse, tanto para el supervisor como para el supervisando. ¿Qué quiere decir eso?

Al ilustrar el ‘de qué se trata’ en el deseo del analista con la imagen de la letra-carta, he buscado apuntar hacia el hecho de que la supervisión es lugar de escrita, con la resonancia de lo que se dice en el análisis.

La escrita es un registro de memoria desde siempre. Es decir, los hombres la usan como recurso para luchar contra el olvido. Es un rastro, un vestigio que permite recordar un acontecimiento. En detrimento de la imagen, la elección de la escrita es un recurso para la memoria. Por ello, encontramos las palabras escrita e inscripción como significantes privilegiados para designar lo que se experimenta como memoria marcada, tiempo.

Bien, en este contexto, ¿qué es el tiempo? Sólo existe tiempo cuando hay diferencia, o sea, cuando un significante introducido en lo real interrumpe lo que era idéntico a sí mismo y hace renquear la linealidad adormecedora del sujeto en el cotidiano de una cronología en la cual los momentos pasan sin que el sujeto se de cuenta de ello. El tiempo que se cuenta empieza por un despertar por medio de su variación que hace un corte introduciendo, simbólicamente, una experiencia, que obtiene ese nombre en el après-coup de lo inaprensible, inaudible, invisible de lo real que provoca.

Todo eso significa que el tiempo que pasa sólo es marcable en una conexión lógica y secuencial de acontecimientos relacionables, en los que se inscribe la memoria como la capacidad del hombre de presentificar algo que solamente está presente en el acto de conectar esa marca olvidada al aquí y ahora. Lo que hubiera pasado ya no lo es, puesto que está presente en el decir que se muestra en acto, tiempo de ser reconocido y conmemorado como única realidad posible.

Eso quiere decir que el trabajo de simbolización realizado en el acto de la palabra convierte lo vivido en verdadero, dándole sentido. Establece, de ese modo, un espacio temporal donde es verdadero lo que se dice, donde el encadenamiento de los hechos privilegiados en el habla construyen la temporalidad de la experiencia en un sitio al que podemos, entonces, llamar de memoria.

La memoria es, en una supervisión, la experiencia de aquel que cuenta lo que puede recoger de la escucha de sus pacientes. Pero, también por ello, es la irrupción de algunos elementos rememorados de su propio análisis, los cuales, como pensamientos ordenados en cadena, se muestran como un saber no sabido, irrepresentable y, sin embargo, pasible de transmisión.

“El inconsciente es enteramente reductible a un saber. Es, dice, el mínimo que supone el hecho que pueda ser interpretado”. (LACAN, 2007, p. 127). “Ese saber del cual el inconsciente es una escrita, se muestra entre dos significantes, representando al sujeto verdaderamente, o sea, según la realidad” (Idem, p. 128xxx). En esas citaciones, Lacan nos instruye sobre dos puntos fundamentales: primero, que al inconsciente como saber uno sólo puede acceder por medio de un trabajo de rememoración – pues no es suficiente que alguien esté sujeto a las formaciones del inconsciente, hace falta que sepa leerlo. Así, se añade un segundo punto, que dice respeto al hecho de que sólo existe el sujeto cuando se habla/escribe, lo que significa que es movimiento entre significantes (Wunsch, deseo).

Claro que no fue el psicoanálisis que hizo memoria del saber de la experiencia. Sin embargo, el hallazgo del inconsciente propició la novedad de hacer de lo que era ordenación histórica de hechos otra cosa: la repetición.

No voy a discurrir sobre ese importante concepto, pero resulta muy útil para que entendamos lo que ocurre en una supervisión, sobre el saber que se transmite allí, irrepresentable, no sometido a ningún sentido, que subvierte la cronología de los hechos y establece, entre supervisor y supervisando, una dit-mansión: todo dicho miente, ya que ninguno dice lo real; porque al inscribirse, al decirse lo que se experimentó, el sentido cambia. El efecto de la sorpresa arrebata al supervisando y al supervisor en la transferencia de trabajo en que se encuentran inmersos.

La letra que sostiene la escritura nueva, resultante del trabajo realizado en esa dupla vertiente de escucha, permite el surgimiento de un nuevo decir, una “escritura de memoria” de lo que no estaba allí, en aquello vivido por el supervisando, en la sesión con su paciente. Ello introduce, mental-mente, una reflexión que funciona como interpretación posible de lo experimentado, en el tiempo-espacio en el que lo dice. Al mismo tiempo, el supervisor tiene la oportunidad de recordar que es necesario olvidar lo que se sabe, aquello que ha rememorado en su propio análisis.

“Entre memoria y recuerdo, el psicoanálisis propone la inscripción simbólica que permite olvidar aquello que no es posible dejar de rememorar” (LACAN, 2007) y, de ese modo, introducir el sujeto en el tiempo de su deseo.

Eso les sirve a los que están involucrados en la experiencia de una supervisión, que posibilita que el supervisando recuerde lo que había fijado como recuerdo en la pantalla de su fantasma, en función de la pregnancia de sentido, que crea obstáculo a la lectura del texto traído por el paciente; respeto al supervisor, es posible no incordiar si dejamos el supervisando observar sus tropiezos, si tan solamente éste se deja sorprender con lo que este le demuestra de novedad, puede ser que de ese modo le permita al psicoanálisis renovarse, con la memoria en acto de su propio paso a analista.

La memoria está directamente relacionada con el inconsciente; ella es letra en instancia. Su saber, inconsciente, insiste en inscribirse en el discurso, en las significaciones compartidas entre supervisor y supervisando. Pero ese saber sólo puede hacerse memoria en el momento en el que, incapaz de leerlo, el sujeto lo escribe con sus dichos. En ese palimpsesto de discurso, un mensaje inconsciente viene a la luz en el habla del supervisando, como un anagrama o como fonema audible, rompiendo con el sentido pretendido.

Como diría Paul Eluard, otro mundo surge ahí, desorganizando os lugares de los implicados, poniendo al supervisor como analizando de l nuevo que surge, y el supervisando, como alguien que anticipa un paso en el acto de decir lo que antes no tenía recuerdo.

¿Qué es lo que se trata, entonces, en una supervisión?

Se trata de hacer el sujeto librarse de las amarras del síntoma que obstruía a la escucha, pero, también, de operarse a la castración del maestro, en la soledad consentida de los que quieren lo que desean…

Referencia

Lacan, J. O sinthoma. Rio de Janeiro: Zahar, 2007.

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